Mujeres en la ciencia y la tecnología | #8

Desde tiempos inmemoriales la contribución de las mujeres en los descubrimientos científicos ha sido notable y se ha observado en las más diversas disciplinas. 

Sin embargo, a pesar de las luchas que debieron dar para ganarse su lugar ante las elites intelectuales de las distintas épocas, y de los desafíos a los que tuvieron que sobreponerse por el cuestionamiento al “rol” que se suponía estaba destinado a ellas en el entramado social, la gran mayoría de sus descubrimientos fueron relegados o invisibilizados generando una brecha que existe hasta nuestros días.

Me parece interesante poder analizar algunos datos sobre el tema. En el mundo, las mujeres solo representan el 30% del universo de la investigación científica. A lo largo de la historia los estereotipos de género han funcionado como barreras de ingreso y permanencia para ellas, entorpeciendo o paralizando su progreso en el mundo profesional. Aún en la actualidad, las mujeres seguimos sin tener las mismas oportunidades que los varones para desarrollar una profesión científica o tecnológica. 

Si bien en nuestro país se ha ido avanzando en esta materia, en los ámbitos de estudio nos encontramos con que a pesar de que 6 de cada 10 universitarios/as en la Argentina son mujeres, estas representan solo el 25% del total de quienes estudian carreras de ingeniería y/o ciencias aplicadas, y el 15% de las inscripciones en la carrera de programación. Estas brechas de género se reflejan y se profundizan en el ámbito laboral.

Según un informe presentado en febrero de 2021 por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Nación, al relevar la distribución de cargos en Universidades de gestión estatal y privada, solo el 11% de las rectorías están a cargo de mujeres, mientras que ocupan el 30% de las vice-rectorías, el 46% de secretarías de CyT y asciende al 59% cuando se analiza su participación en las secretarías académicas. Las estadísticas son muy claras: en cuanto se avanza hacia puestos más altos en los escalafones académicos o profesionales, la proporción de mujeres va siendo cada vez menor.

En cuanto al relevamiento de la distribución de autoridades de organismos científico-tecnológicos volvemos a toparnos con los techos de cristal, ya que el 78% de los cargos están ocupados por varones y tan solo el 22%, por mujeres.

Del mismo informe surge que los estereotipos de género continúan aún hoy muy presentes, estando las mujeres sub-representadas en las carreras de ingeniería, tecnología, ciencias agrícolas, ciencias naturales y exactas, y sobre-representadas en ciencias sociales, ciencias médicas y humanidades. 

Asimismo, esta segregación se ve potenciada en el acceso al financiamiento, donde las directoras de los proyectos de investigación acceden en promedio a un 33% menos de financiación que sus pares varones, acrecentándose la brecha en las áreas de investigación más masculinizadas. 

Estos datos nos invitan a pensar los desafíos que tenemos por delante como sociedad. Nos encontramos en un punto de inflexión, la emergencia sanitaria y las distintas medidas tomadas hace un año y medio reconfiguraron completamente nuestras vidas, desde la forma en la que nos educamos, trabajamos y hasta cómo nos vinculamos. 

También marcaron un antes y un después en nuestras trayectorias, y, si bien venimos arrastrando enormes brechas de desigualdad por motivos de género en diversas áreas, donde el acceso a internet y la alfabetización digital se destacaron –lamentablemente de forma negativa–, la visibilización de las mismas representa una oportunidad para repensar los distintos dispositivos que hasta hoy operan como obstáculos en el camino hacia la equidad de género, e imaginar vías alternativas para sortearlos.

En este punto, es importante encarar una serie de acciones tendientes a revertir desde temprana edad esta brecha de género que venimos señalando. ¿Cómo? Una de las acciones es promover desde la infancia la elección de juegos libres de estereotipos, evitando de este modo que los juguetes de las niñas queden condicionados a aquellos asociados a tareas de cuidado, teniendo en cuenta que éstos ayudan al desarrollo de habilidades tempranas como las matemáticas, la plástica, las ciencias, la tecnología, las artes, etc., influyendo en la elección futura de sus estudios y gustos.

Asimismo, potenciar la educación de niñas y adolescentes rescatando las experiencias de aquellas mujeres que se han destacado en distintas disciplinas y han sido históricamente invisibilizadas; fomentar el desarrollo de habilidades e intereses relacionados con la ciencia y tecnología; promover un sistema de becas y/o incentivos para la incorporación de mujeres y diversidades a estas carreras. 

Es evidente que aún falta mucho camino por recorrer para resolver las inequidades existentes en este ámbito, y es indispensable la implementación de políticas públicas para revertirlo. 

En este sentido, es fundamental el rol de las organizaciones de mujeres y diversidades que día a día hacen visibles estas desigualdades, y que hoy, muchas de ellas, comparten su opinión en esta edición de Ciudad Violeta. 

Por Paula Streger
@Paula_str
Abogada. Defensora adjunta