El trabajo con varones que ejercieron violencia: construir los conflictos para evitar la violencia

Si bien el movimiento feminista lleva luchando al menos desde mediados del siglo XX por visibilizar y erradicar la violencia contra las mujeres, fue recién en el primer cuarto del siglo XXI que la violencia adquirió cotas de visibilización y problematización sin precedentes, y lleva configurándose como uno de los grandes significantes del feminismo de los últimos años. Desde la sanción de la Ley 26485 y la primera manifestación del Ni Una Menos, han surgido multitud de iniciativas, planes, programas y campañas para visibilizar, prevenir e intervenir en situaciones de violencia en diversos ámbitos: educativos, laborales, institucionales, etc. Si bien inicialmente la población objetivo de estas iniciativas han sido las mujeres y niñes que sufren la violencia masculina, paulatinamente se ha ido advirtiendo la necesidad de dirigir también los esfuerzos a interpelar a los varones, y fundamentalmente, a trabajar con los varones que ejercen violencia. Sin embargo, la investigación desde las ciencias sociales sobre estos varones continúa siendo incipiente y, por tanto, necesaria, para que los esfuerzos por abordar este problema consigan resultados con la mayor precisión y urgencia posibles.

Quisiera aprovechar esta oportunidad para compartir algunas reflexiones a partir de dos investigaciones: una investigación doctoral en antropología con varones que ejercieron violencia que se publicará en formato libro en los próximos meses bajo el título “Masculinidades (im)posibles. Violencia y género, entre el poder y la vulnerabilidad”; y una investigación con equipos de atención a varones que ejercieron violencia de la provincia de Buenos Aires, que realizamos junto a Ignacio Rodríguez, compañero del Instituto de Masculinidades y Cambio Social, para la Dirección de Masculinidades del Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires, y con el apoyo de la Iniciativa Spotlight.

Muchas de las experiencias de trabajo con varones que ejercieron violencia señalan la importancia de ir más allá de las oposiciones binarias entre los privilegios y los costos de la masculinidad, entre el poder y la vulnerabilidad masculina. Más que tratarse de un problema a resolver entre perspectivas exhaustivas y excluyentes, lo que caracteriza el trabajo con varones que ejercieron violencia es el sostener estas tensiones, en un equilibrio donde podamos confrontar, pero no desde los juicios morales o el enfrentamiento, sino como una estrategia para interpelar a los varones sobre sus percepciones, emociones y acciones; trabajando sobre su historia de vida, atendiendo a que muchas veces se trata de historias atravesadas por el sufrimiento, lo que no supone necesariamente ni que ellos estén aludiendo a ese sufrimiento para victimizarse, ni que contemplarlo dentro del trabajo suponga des responsabilizarlos de sus actos. Trabajar sobre la vulnerabilidad masculina cuando hablamos de violencia puede ser algo un poco contraintuitivo, porque desplaza un poco el sentido común sobre la cuestión. 

Cuando empecé a observar grupos de varones que ejercieron violencia en la Asociación Pablo Besson, en la Ciudad de Buenos Aires, esperaba encontrarme con la medida de mis propios prejuicios y estereotipos, alimentados por decenas de representaciones ficcionales, de medios de comunicación, e incluso por muchos textos académicos: un sujeto poderoso, omnipotente, racional, tradicional, frío y calculador. Pero lo cierto es que a medida que fueron pasando los encuentros, de los que también terminé participando como coordinador, esta imagen se develaría como una suerte de caricaturización, de un proceso de exotización del otro que no es extraño para la antropología. Lo que se hacía presente encuentro tras encuentro reflejaba la otra cara de esa caricaturización, de ese poder implacable y omnímodo. Detrás del ejercicio de la violencia, muchas veces nos encontramos con que no hay solamente un ejercicio de poder, sino también un miedo profundo a la vulnerabilidad. Recuerdo a uno de los varones que entrevisté durante la investigación, que me decía que no le contaba a nadie lo que me contaba a mí o lo que compartía en los grupos, porque “si uno dice lo que le pasa se muestra vulnerable”. 

Muchos de los y las profesionales que trabajan con varones que ejercieron violencia, coinciden en que es en los encuentros grupales que muchos varones consiguen por primera vez poner en palabras lo que sienten, elaborarlo y compartir con otros lo que sucede en sus vidas afectivas. Quizás se deba a que los varones no hablamos de lo que nos pasa, porque, como decía otro de los entrevistados: “la información es poder”. Y las relaciones, no solamente entre varones y mujeres, sino también entre los propios varones, son relaciones de poder. Porque muchas veces –y esto nos pasa en cierta medida a todos los varones desde la infancia– mostrar nuestras emociones, hablar desde un lugar que no sea un lugar de poder, se percibe como una muestra de vulnerabilidad, y aprendemos que esa vulnerabilidad puede ser usada en nuestra contra y exponernos a la ridiculización, a la humillación por parte de los demás. Así lo expresaba otro de los entrevistados, cuando me decía que, si él les dijera a sus amigos lo que le pasa, le dirían maricón o cosas así. Y era tal la fuerza del miedo y del silencio en su vida, que aseguraba: “Fue en Alcohólicos Anónimos donde aprendí a hablar, porque yo no sabía que hablar hacía bien”. Es por esto que el propio hecho de poder decir lo que sienten en un grupo frente a otros varones, compartir sus miedos, sus vergüenzas, es un acto potencialmente transformador para ellos, y es precisamente ahí donde se perciben vulnerables que quienes coordinamos los grupos encontramos, muchas veces, las oportunidades para trabajar sobre las causas estructurales que sustentan los sentidos de la masculinidad y su relación con la violencia.

Pero, analizando las relaciones de poder entre varones y mujeres podemos hacer un análisis complementario sobre el porqué del silencio de los varones sobre su vida afectiva. El mandato de masculinidad, que nos lleva a construir relaciones con varones y con mujeres de manera jerárquica, que nos aleja del reino de las emociones, y que nos enseña que no tenemos que mostrarlas para no arriesgarnos a perder posiciones en esas jerarquías, lleva a que los varones, muchas veces, no seamos capaces de construir un conflicto, entendiendo el conflicto no en términos negativos (como en estos tiempos tendemos a considerar), sino en términos positivos, porque ahí donde es posible construir y desarrollar un conflicto, no hay espacio para que surja la violencia. Cuando somos capaces de reconocer y expresar lo que sentimos, cuando conseguimos escuchar y entender lo que le pasa a la otra persona, aun cuando no coincidamos, es decir, cuando somos capaces de construir un conflicto y de desarrollarlo para llegar a un nuevo acuerdo que equilibre nuestras relaciones, no hay lugar para la violencia. La violencia, en sus diversas formas, aparece donde el conflicto no puede surgir y sostenerse, por alguno o todos de los siguientes motivos: porque no consideramos que la otra persona sea una par legítima con la que renegociar nuevas posiciones; porque no conseguimos elaborar los motivos de los (muchos) desequilibrios que podemos tener en un contexto de profundos cambios en las relaciones de género; o porque no tenemos las habilidades para hacerlo, y esto pasa muchas veces porque el reino de la palabra y de las emociones no son precisamente el fuerte del mandato de masculinidad.

Por Matías de Stéfano Barbero
@Matías de Stéfano Barbero
Doctor en Antropología (UBA)
I
IGG – UBA – CONICET
Instituto de Masculinidades y Cambio Social
Asociación Pablo Besson