6to Aniversario del primer #NiUnaMenos

Este es el segundo número de nuestra Revista Ciudad Violeta que dedicamos al aniversario de #NiUnaMenos, una movilización de miles de mujeres y del colectivo de LGTBIQ+. Días antes a ese primer 3 de junio, nos enterábamos del femicidio de Chiara, una joven de catorce años asesinada por su novio. Esto llevó a la bronca, el dolor y la angustia de muchas, pero hubo un tweet, un mensaje en la red social del pajarito que nos interpelaba a todes quienes la leímos. La periodista Marcela Ojeda escribía “Nos están matando”, invitando a las mujeres a “levantar la voz”. 

Ese día, abuelas, madres, hijas, hermanas, tías, primas, compañeras, amigas, miles de mujeres y personas del colectivo LGTBIQ+, todas/todos/todes inundaban las calles aledañas al Congreso de la Nación en un contundente reclamo. Era tanta la gente que se acercó ese día que era casi imposible caminar.

Se podían ver miles de carteles entre las manifestantes, consignas de lucha, pero sobre todo se replicaban las fotos y nombres de las que ya no tenían voz, de las que fueron brutalmente asesinadas, víctimas de la violencia machista. 

Por ellas exigimos justicia y por ellas seguimos gritando #BastaDeMatarnos. 

Desde ese momento pusimos fin a un largo periodo de invisibilización de las violencias que mujeres y colectivos LGBTTIQ+ sufrimos a diario, denunciando el acoso callejero, la violencia doméstica, las brechas salariales entre varones y mujeres, la violencia obstétrica, los femicidios, travesticidios y transfemicidios, entre tantas otras formas de violencia de la que somos objeto.

En este sentido, el movimiento feminista no solo logró visibilizar que estos no son casos aislados y que forman parte de un complejo sistema de opresión patriarcal, basado en las históricas desigualdades de poder entre los géneros. También vino a derribar uno de los más grandes mitos: “los vínculos entre mujeres están destinados al fracaso”. 

A pesar de los incansables esfuerzos del patriarcado por enseñarnos a rivalizar entre nosotras: madrastras malvadas en los cuentos infantiles, madres incomprensivas en las películas para adolescentes, mujeres compitiendo por el amor del protagonista en películas románticas, y por supuesto no podemos dejar de mencionar a las mujeres que llegan a un puesto de poder, siempre representadas como malas, locas o incapaces de empatizar; fueron los movimientos feministas quienes nos mostraron que no estamos solas y ahora sabemos que juntas podemos transformar la realidad. 

Tejer redes sororas es y será la herramienta clave para construir un futuro igualitario y democrático. El trabajo conjunto que las distintas organizaciones de la sociedad civil vienen llevando a cabo asistiendo a personas que han sido víctimas de violencia por razones de género, realizando talleres con adolescentes en la construcción de vínculos saludables, trabajando en la psico-educación de varones que ejercen violencia de género, entre tantos otros, es indispensable. 

Sin embargo, resta mucho camino por andar. Los datos siguen siendo alarmantes. Según el informe del Observatorio de Femicidios en Argentina “Adriana Marisel Zambrano” de Asociación Civil La Casa del Encuentro, desde el 1ro de enero al 31 a mayo de este año, se produjeron 115 femicidios, 6 transfemicidios y 8 femicidios vinculados (crímenes sobre vínculos familiares o afectivos de una mujer como forma de ejercer violencia sobre ella). De los 120 hijos e hijas que se quedaron sin madre, el 67% son menores de edad. 

Hace pocos días se publicó el Informe del Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina realizado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación del año 2020, donde se registraron 287 víctimas letales de la violencia de género en nuestro país, de los cuales 36 fueron víctimas de femicidio vinculado. 

Entendemos que uno de los tantos ejes a tener en cuenta es la revisión de los procesos de socialización masculina, aspecto elemental para avanzar hacia una sociedad libre de violencias en general y de violencia por razones de género en particular. 

La reproducción de los roles tradicionales de género es dañina para la sociedad en su conjunto y la(s) masculinidad(es) no son una excepción. Seguramente en algún momento hemos escuchado ante un niño que llora o se queja de algo: “los nenes no lloran” o “no seas maricón” entre tantas otras frases. 

Estos mandatos o normas para ser socialmente aceptado en el sistema patriarcal, a veces son explícitas como las que acabo de nombrar u otras veces son casi imperceptibles, pero siempre están allí y es importante comprender que los niños son bombardeados con estos mandatos que les indican “cómo ser un hombre” desde su nacimiento, influyendo y muchas veces afectando gravemente su salud tanto física como mental.

Desde la Defensoría del Pueblo buscamos colaborar con los distintos procesos de deconstrucción de los estereotipos tradicionales de género y bregamos por la posibilidad de erigir una sociedad donde se respeten las diversas formas de transitarlos, para ello trabajamos generando espacios y tendiendo puentes con diferentes organismos públicos y organizaciones de la sociedad civil. 

En este sentido se orientan las distintas acciones de capacitación, sensibilización y formación que brinda la institución. En ellas se abordan temas de Educación Sexual Integral, la igualdad de género, erradicación de la violencia contra las mujeres, vínculos saludables en la adolescencia y jóvenes, entre otros.

Asimismo, entre los distintos programas existentes, cabe señalar el trabajo realizado en el Espacio de Psicoeducación en Conductas Violentas (EPECOVI), orientado a varones que ejercen violencia de género, en el cual se trabaja con un encuadre psico-socio-educativo que les permita identificar y deconstruir los procesos de socialización que inciden en la conformación de masculinidades hegemónicas que culminan en la vulneración de la autonomía y los derechos de las mujeres. En el programa se abordan conceptos sobre violencia, agresión, agresividad, abuso de poder, roles de género, el ejercicio de la violencia masculina y sus efectos, los condicionantes de la conducta violenta, los estereotipos de género, el perfil psicológico de los varones que ejercen violencia y el impacto de la violencia en niños, niñas y adolescentes.

En suma, quienes formamos parte de la Defensoría estamos convencidas y convencidos de que el fin de la violencia de género vendrá de la mano del cambio cultural que ya comenzó, impulsado por los movimientos feministas, ecologistas y de derechos humanos. Y que requiere el compromiso y el trabajo en conjunto de los distintos poderes del Estado y las organizaciones de la sociedad civil haciendo foco en el acompañamiento y contención de las mujeres víctimas de violencia, la psico-socio-educación de quienes ejercen violencia y, fundamentalmente, la construcción de relaciones de género igualitarias desde la primera infancia.

Por Paula Streger
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Defensora adjunta de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires
Abogada