Nuestra “formación médica” y la diversidad

Este escrito pretende desnudar uno de los aspectos más obvios y, a la vez, más negados de nuestra formación dentro del sistema de salud. Los aspectos sociales, históricos y políticos que hacen a la salud no entran a la Facultad de Medicina. Al mismo tiempo, el dispositivo educativo que tenemos que atravesar para recibir nuestro título habilitante es asépticamente biologista, cisexista y binario. Esa es nuestra formación, y es el único modelo de conocimiento al que accedemos. Tomando a Gregory Bateson, podemos decir que “la interpretación de todo acontecimiento está determinada por la forma en que este encaja en las pautas conocidas”. Desde allí se aprende y se ejerce la medicina, sin ningún tipo de cuestionamiento. ¿Qué es lo que aprendemos y conocemos?

En nuestra casa de estudios, solo existe la salud de y para las personas cisgénero, lo cual va a definir una formación cisexista, que avala el prejuicio de que las personas cis son mejores, más importantes, más auténticas que las personas trans. Para continuar con el adoctrinamiento, hay que mencionar el dogma binario, que nos enseña que solo hay dos formas de ser persona en el mundo: varón y mujer cisgénero. Finalmente, en nuestra capacitación, nos implantan la ideología heteronormativa y heterosexista, bajo la cual, una mayoría heterosexual, solo por el hecho de serlo, impone las reglas y dictamina lo que es ético, estético y moral; salud enfermedad y normal y anormal, basados en la sexualidad heterosexual y reproductiva.

Solo desde esta política impuesta hegemónicamente pudo tener lugar la patologización de todo lo que no es binariamente cisheteronormativo. 

La historia de cómo los manuales de psiquiatría trataron a la diversidad sexogenérica es un ejemplo que debería avergonzarnos como profesionales de la salud pero, mucho más, como seres humanos. Recordemos que la homosexualidad recién sale de los manuales de Psiquiatría hace muy poco: en 1986, del DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) de la Asociación Americana de Psiquiatría y, en 1990, del CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades) de la Organización Mundial de la Salud. Las identidades trans siguen siendo patologizadas con diferentes nomenclaturas en ambos manuales hasta el día de hoy.

Las consecuencias de esta política de la diversidad son, entre otras, la patologización, la exclusión y la invisibilización. Eso no solo es una condena a tener mala calidad de vida, sino un cruel abandono a una muerte prematura. No como una probabilidad, sino como un hecho real. Las personas trans tenían una expectativa de vida de 35 años.

Sería bueno recordar que nadie atendía a las personas transgénero en el sistema de salud argentino hasta que creamos el Grupo de Atención a Personas Transgénero del Hospital Durand en el año 2005. La pregunta incómoda que tendríamos que contestar es: ¿por qué? Cualquier contestación que esbocemos nos deja muy mal paradxs a quienes trabajamos en el sistema sanitario y a la sociedad toda. El otro interrogante es: ¿no nos dimos cuenta? 

Pienso que este es un punto ciego de la ciencia. Ese lado que no vimos o no quisimos ver; o si lo enfocamos con un punto de vista menos capacitista, tomando a Fiona Campbell, no lo percibimos; con las diferentes capacidades que poseemos los seres humanos de acercarnos a la realidad. Llama la atención que no nos hayamos dado cuenta o hayamos ignorado las secuelas que produjo en las personas transgénero. Ya que fueron abandonadas a su suerte, solo por el hecho de no entrar en las categorías de varón o mujer normativos, o cisgénero. Y mucho peor, las hicimos desaparecer de la categoría de persona. 

Evaluar la noción de “persona” implica afirmar, entonces, qué es lo que hace que la vida sea importante y lo que hace que algunas vidas sean más importantes que otras. El hecho es que, a las personas, la sociedad las protege y les da derechos.  Existe protección moral. Esto creó una situación de desigualdad para las personas trans, en el sentido al que se refiere Göran Therborn: “La desigualdad es una violación de la dignidad humana porque deniega la posibilidad de que todos los seres humanos desarrollen sus capacidades. Tienen formas  y efectos: muerte prematura, mala salud, humillación, sujeción, discriminación, exclusión del conocimiento o de la vida social predominante, pobreza, estrés, inseguridad, angustia, falta de orgullo propio y de confianza en unx mismx. No es solo cuestión de billetera: es un ordenamiento sociocultural que reduce nuestra capacidad de funcionar como seres humanos, nuestra salud, nuestro sentido de identidad, así como nuestros recursos para actuar en el mundo.”

El cambio es político

Lo político es dar una respuesta diferente. Si hoy despatologizamos y visibilizamos a la diversidad, a las personas disidentes del modelo binario y a toda la comunidad LGBTQI+ es porque, en un momento anterior de la historia, lxs criminalizamos, luego lxs patologizamos y, lo más grave, lxs invisibilizamos. Lxs médicxs y, sobre todo, lxs psiquiatras fuimos parte de ese dispositivo de poder médico legal que lo avaló. Lo hizo hegemónico y fue tomado socialmente como “la verdad”.  Estamos saliendo de esa construcción, no por mérito de la “ciencia médica”, sino por el reclamo de esas minorías que suman millones en todo el mundo. 

La diversidad sexual humana es una realidad ineludible. Dicha diversidad ha sido estigmatizada, perseguida y criminalizada y, lo más obvio pero a la vez más difícil de ver, fue negada como categoría humana. Las personas del colectivo LGBTQI+, con su existencia, están cuestionando esta concepción. El muro levantado por la incomprensión está cayendo y aparece la oportunidad de integrarnos como seres humanos, desde una realidad más rica y más diversa.

La Ley de Identidad de género nos marca un nuevo rumbo que también sirve de ejemplo a todo el planeta. Esta ley despatologiza: ser trans no es enfermedad. Garantiza el acceso a la salud sin necesidad de ningún diagnóstico validando la palabra de las personas trans. Esas palabras que, en su momento, no fueron escuchadas. La identidad es una narrativa y al sistema de salud le corresponde validarla. El acceso a la salud de las personas trans es un derecho que también se garantiza en los consultorios. Incluir el respeto a todas las identidades es parte del derecho a la salud. Hacernos cargo de los “errores” y de los privilegios, de sus consecuencias y, sobre todo, de actuar. Hacer para cambiar. En ese sentido, utilizar nuevas palabras, deconstruir esa formación cisexista, binaria y patologizante es la tarea.

Para finalizar, quiero rescatar al Grupo de Atención de la Salud Transgénero del Hospital Durand que, ante la falta de respuestas políticas del sector salud, luego de más de quince años de tarea, ha producido un Manual de Atención de la Salud Transgénero . Este material propone un nuevo modelo de atención despatologizante y reafirmativo de todas las identidades. Está confeccionado por un equipo interdisciplinario y es el primero en nuestro idioma en toda América Latina. Es un libro elaborado por profesionales comprometidos con la tarea de contribuir a mejorar la calidad de vida de las personas transgénero. Es nuestra forma de sumar para construir una sociedad más equitativa, diversa y humana. 

Por Adrián Helien
@adrianhelien
Médico Coordinador de la Atención de la Salud Transgénero - Hospital Durand (CABA)